sábado, 13 de mayo de 2023

APOFIS, COMO EL RESURGIMIENTO CÍCLICO DEL CAOS

 

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La serpiente Apofis (o Apep) encarna, en la mitología egipcia, a las potencias malignas que moran la Duat (el inframundo o mundo oscuro); siendo la materialización del caos, así como de la insurrección de los males que habitan en el mundo (tanto cósmico, como social). Cada noche, Ra (el dios Sol y padre de todos los dioses), junto con Maat; una vez más, derrotan a Apofis para volver, los dos, a resurgir al alba. Manteniéndose, inquebrantablemente, el ciclo de la victoria del Orden Cósmico (Maat) sobre el caos.

En el (antiguo) pensamiento egipcio, en ningún momento, se contempló que el desorden (el mal o caos) fuese totalmente aniquilado, sino solamente constreñido: el día (el Dios sol Ra, auxiliado por Maat) daba paso, imperturbablemente, a la noche (Apofis, junto con su defensor, Seth) y, una vez superado el enfrentamiento, volvía a resurgir la Luz y, con ella, el Orden. Y así hasta el fin de los tiempos.

Por desgracia, en estos lúgubres momentos, estamos enclaustrados en la “era de Apofis”: la incertidumbre, el mal, el desorden, la mentira y, en definitiva, el caos reinan en un mundo cainita, obscuro, despiadado y hostil. El caos deambula por doquier. Nada es lo que dicen que es. La Verdad, la Justicia y el Orden (las tres encarnaciones de Maat) recluidas están. Pero, jamás desaparecerán. El renacer de Maat, y del resto de Valores (Universales), dependerá de un restablecimiento del Ciclo (Cósmico y Social), roto por la modernidad.

Por todo ello, es preciso recuperar Valores (expulsados de la vida social) y de un Orden que en absoluto se debió de castrar.

Una sociedad, sin futuro, sin historia, sin Valores, sin Ética, sin Moral, sin Verdad, sin Orden, sin Armonía y sin Justicia Social, no es una sociedad: es un cúmulo de perversidades, de falsedades, de quiméricas realidades; una civilización en decadencia, en descomposición y en franca desaparición.

   

Otro Mundo es Posible

  

Santiago Peña

 

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sábado, 11 de marzo de 2023

LA IDEA (LINEALMENTE) MODERNA DE PROGRESO

 

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Punto de arranque

 

“El momento cumbre de la historia no está en el pasado, sino en el futuro”.

 

A partir de la “tres edades”, del abad italiano Joaquín de Fiore (1135-1202), El pasado es “la edad del padre”, el presente es “la edad del hijo” y El futuro es “la edad del espíritu santo”. Según los postulados de este visionario monje, y a día de hoy, estaríamos instalados en la edad del espíritu santo: El progreso es, científicamente, lineal e irreversible; yendo a un avance (materialmente hablando) incesante de la humanidad: con máquinas más eficientes, mayores perspectivas de vida e impensables adelantos tecnológicos: “si quieres conocer el futuro estudia el presente”). -Y su contrapunto, probablemente, sería: si quieres conocer el futuro estudia el pasado-.

 

¿Por qué el paso del tiempo es circular?

 

“Los antiguos en el cielo solo veían círculos”

 Aristóteles (384 a.C. – 324 a. C.)

 

El paso del tiempo, desde los primeros mitos hasta la metafísica actual:

 

  • Prehistoria y protohistoria
  • Ciclos temporales: así, llamado eras
  • La noche y el día
  • Las estaciones y los años (solares y lunares)
  • Ciclos reproductivos
  • La vida y la muerte

Su mayor valedor fue el sociólogo estadounidense de origen ruso Pitirim Sorokin (1889 – 1968), plasmado en sus estudios acerca de los ciclos sociales.

La teoría de la ciclos es originaria desde las primeras manifestaciones (que conocemos como) históricas. Encarnación de la completa permanencia y de la oscilación perfecta ascendiendo hacia la perennidad; donde se sitúan el comienzo del fin y el fin del comienzo. La misma simboliza la naturaleza inmutable de las cosas, el esfuerzo imperecedero, el combate sempiterno, o el sacrificio estéril. De igual forma, el insigne antropólogo rumano e historiador de las religiones, Mircea Eliade (1907 - 1986), desarrolló la teoría (complementaria) de “El mito del eterno retorno” (mediante el rito y la sacralidad) y otros juicios advertidos, igualmente, como ciclos; que se inician nuevamente en cuanto finalizan. En un aspecto más amplio se alude al paso del tiempo y la persistencia de la vida. Y, así mismo, se emplea como figura retórica en la regeneración de los objetos materiales que jamás dejan de existir y que solo mutan en la permanencia.

 

Discusión

¿Se puede llegar a progresar en un plano, estrictamente, material? Posiblemente, sí. Nos rodean “pruebas” que, aparentemente, así lo atestiguan. Y… ¿eso, es todo?

Bajo esta “dogmática” premisa, es razonable decir que, lamentablemente, no se ha avanzado ciertamente en un nivel más "elevado", más espiritual, más intelectual; en definitiva: en un plano más integral de la PERSONA. Cuerpo y espíritu deambulando erráticamente y por separado. No se acompañan; no cohabitan en el mismo ser. 

En consecuencia, todos deberíamos de tener, meridianamente, claro que una PERSONA no es, solamente, un cuerpo físico; con una clara tendencia a la mejora de su forma de vida material, sino que es un compendio de identidad (espiritual), familia, comunidad y sociedad (o civilización).

Prueba de todo ello, la presente civilización occidental, es marcadamente sensitiva (o, señaladamente, epicúrea), egocéntrica, pretendidamente autosuficiente, materialista; dedicada (íntegramente) al divinizado progreso tecnológico y a su propia (y anunciada) decadencia. Transitando, la misma, desde un nihilismo institucionalizado hasta concluir (si nada lo remedia) en un obscuro, agonizante y trágico final. Por lo que, debido a lo anteriormente expuesto y a partir de sus cenizas, ¿es posible la aparición de una nueva era idealista?

 

La Modernidad y el Tiempo

Desde un enfoque, indistintamente, cosmológico como, de igual manera, metafísico, el “Tiempo no existe”; se entiende como una “convención pactada” entre civilizaciones, culturas y pueblos. A raíz de todo ello, las imperantes sociedades occidentales tienen prisa para todo; necesitando resultados inmediatos. Por el contrario, los pueblos que respetan la tradición (su historia, su acervo cultural y a sus antepasados) saben que, ésta, es una de las grandes debilidades del mundo occidental (moderno). Esos mismos pueblos que respetan la historia -¡su historia!-, reverencian lo antiguo y a sus ancestros. Por lo tanto, y haciendo referencia a su sentido de la vida, son más profundos, universales, coherentes, naturales y excelsos.

Y, por esa razón…

 

Occidente posee las máquinas pero, la Tradición, es dueña del tiempo

 

Santiago Peña

 

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sábado, 19 de noviembre de 2022

CONCIENCIA Y PRESENCIA

 

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La conciencia como eje vertebrador del pensamiento

 
La conciencia es el resultado de la presencia del ser en el entorno. En consecuencia, como especie, somos seres existentes fruto de nuestra propia conciencia.
 
En cambio, una sociedad alienada (ese mismo conjunto de seres), no tiene conciencia de su propio existir. La realidad, a través de la misma naturaleza, reconoce a esa sociedad no consciente de su propia existencia; siendo, la misma, la que no reconoce a su propia naturaleza. Por esta razón, la inconsistencia de la presencia anómala de esa sociedad humana inconsciente altera, a una parte significativa de la misma, su propio estado mental.
 
 

La sociedad alienada no tiene conciencia de su propio existir

Por lo que es necesario contraponer, a esta tendencia “modernizadora”, una alternativa, presente en esta misma (confinada) sociedad, de una espiritualidad criminalmente velada pero no fenecida; que no puede prescindir de un elemento fundamental como es la denostada consciencia universal. Esa fuerza espiritual, única y transcendente; que emana de la misma naturaleza.

Por todo ello, no podemos renunciar a un origen común, mescolanza de vida (material) y espíritu. Aquella que da sentido a nuestra misma existencia; ayudándonos en una peregrinación comunal de destinos diferentes pero frecuentes; de vidas sufrientes pero con un objetivo común: perpetuar la especie humana, y si fuese posible, hasta el final de la mismísima vida. El tiempo corre y su consecuencia más preclara, como es la vida, se manifiesta: en invierno y en verano; de noche y de día. Por esta percepción la incuestionable unidad de la naturaleza y de la PERSONA debe ser considerada una premisa metafísica previa. Por lo que esta apreciación de carácter universal tiende a presentar una visión holística del universo, a la cual corresponde una gnosis y, así, un conocimiento superior. A consecuencia de todo ello, la multiplicidad deviene en la unicidad. Es decir: El universo, o multiverso (el conjunto de posibles infinitos universos), resultante es la convergencia de todo tipo de formas que conforman la unidad (o Uno). Por lo que, la suma infinita de formas es la resultante de una sola realidad y, por ende, de una única verdad.

 

 

La crisis espiritual de la PERSONA moderna

El vacío, ese vacío existencial, que se hereda de generación en generación es el trágico resultado de un mundo desacralizado y servil; quebradizo y pueril. De unos pueblos sin historia, sin nada en común, sin nada que celebrar y sin gloria, en fin.

 

 

De la modernidad líquida

 
La pérdida de arraigo como primerísima consecuencia de un globalismo inhumano, exterminador de conciencias y vil.
 
Es por ello que, “la búsqueda de la identidad es la tarea y la responsabilidad vital del sujeto, y esta empresa de construirse a sí mismo constituye al mismo tiempo la última fuente de arraigo” (Zygmunt Bauman). El género humano no ha de ser un «residuo humano», fruto de la propia modernidad. Es la modernidad líquida (la última ideología de una izquierda adormecida, abotargada y pusilánime), donde el postureo y los neologismos brillan como lentejuelas a mil.

 

 

Duda, escepticismo e incertidumbre

Tres principios, o manifestaciones, que marcan el devenir del tiempo presente: Ayer, no lo sé; hoy, es posible; mañana, imposible.

De todo se duda, el escepticismo todo lo baña y la incertidumbre nos impulsa a una inquebrantable sospecha. Es como decir que la certeza se ha extraviado y en nada confiamos. No hay orden y el caos ha devorado el cosmos. No hay armonía y el vacío todo lo aplasta. Dormitamos es una vigilia inhumana. Luces de neón ciegan el entendimiento de una especie camino de la perdición. Perdidos en ciénagas aparentemente asfaltadas. Fastos de libélulas pardas. De vómitos embellecidos de esbeltas guirnaldas. De guirnaldas caducas antes de salir de la caja. Cajas lustrosas envueltas en papel pinocho y con lazos color plata aromatizados de lavanda.

El hedor de la podredumbre es mitigado con fragancias, ya descritas, pero presentes todos los días, a la cinco de la mañana. Llega la noche y los convalecientes despiertan de una realidad insospechada. Velas quejosas no duermen: descansan.


Santiago Peña

 

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